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El barco pesquero llego solo, arrastrando suavemente por la marea. Escoró con crujido de maderas en aquella playa solitaria donde yo jugaba con mis dos amigos. Néstor y Fede. Los tres lo miramos, esperando inútilmente ver a alguien saltar desde la cubierta para echar el ancla o algo. Era una embarcación pequeña, como del tamaño de un yate de recreo. Y, por lo visto, no había nadie abordo. ¿O si?
-Vamos a explorarlo -propuse, porque yo soy siempre el que organiza los planes.
-Mejor no. Luis -dijo Fede, que como es el mas pequeño (sólo tiene 8 años) a veces es un poco miedoso-. No me gusta como se ve ese barco.
Bueno, Fede tenía algo de razón. El barco estaba en malas condiciones; la madera de su casco lucía despintada y el nombre, "Marina", apenas se leía.
-Sólo es un barco viejo -opinó Néstor-. Voto para que lo exploremos.
Después de convencer a Fede de que nada espantoso nos pasaría, trepamos por unas cuerdas que salían de la desgastada borda y llegamos a la cubierta. El barco estaba en completo silencio. Pero había algo raro ahí. No era un silencio natural. Estaba todo demasiado quieto.
-Miren -gritó Néstor, quien se había adelantado a a examinar unos barriles-, ¡aceitunas!
-exclamó, quitando la tapa de uno de los contenedores.
-Están llenas de hongos -advertí viendo la nata blanca que estaba encima de ellas
-Esto esta muy raro -dije, arrepintiendome de haber propuesto que subieramos a esa extraña embarcación.
-Veamos debajo de cubierta -propuso Néstor, y sin esperar a que lo siguiéramos, cruzo una abertura que estaba debajo de la plataforma del timón y bajo por unas escaleras.
Fede y yo fuimos detrás de el. Llegamos a una especie de estancia pequeña, donde había una mesa servida. En total eran siete lugares y la comida todavía estaba en los platos, aunque llena de hongos también. Fue, en ese momento, cuando oímos un chillido.
Volteamos hacia el suelo y vimos una enorme rata negra que salía de un cuarto que no habíamos visto y se metió abajo de unas cajas. El roedor estaba cubierto de sangre.
Empujamos la puerta entreabierta y descubrimos algo horrible, seis cadáveres yacían en el suelo como muñecos rotos en medio de un charco de sangre. Todos tenían una expresión de horror en sus caras. Fede, Néstor y yo ¡SALIMOS CORRIENDO DE AHÍ! Subimos las escaleras atropellándonos. Cuando llegamos a la cubierta algo pesado callo desde arriba del mástil hasta nuestros pies. Era el cadáver de un hombre, con una soga al cuello y un cuchillo firmemente apretado en su mano rígida. Todos nos paralizamos por ese gran susto hasta que por fin soltó el cuchillo de su mano, tenía los ojos abiertos y una lengua morada asomaba por su boca. Cuando la policía acudió a investigar, llego con la conclusión de que el séptimo hombre había asesinado a los otros seis , y después había subido al mástil, ahorcándose a si mismo. Caso cerrado. Nos enviaron a nuestra casa y nuestros papas nos castigaron por un mes sin jugar. ¡Pero nadie quiso escuchar! Cuando preguntamos por qué la cuerda que había ahorcado al supuesto homicida estaba cortada, no desgarrada, como lo estaría si el peso del cuerpo la hubiera vencido. Ese hombre no había caído desde el mástil: alguien lo empujo y corto la soga aya arriba para que cayera sobre nosotros. El asesino del mar, que seguramente fue el que mató a los siete tripulantes, estuvo todo el tiempo con nosotros en el barco abandonado, viendo desde el mástil cómo lo explorábamos, y ahora está por ahí, suelto y libre sabiendo que solo nosotros sabemos de su existencia... FIN
-Vamos a explorarlo -propuse, porque yo soy siempre el que organiza los planes.
-Mejor no. Luis -dijo Fede, que como es el mas pequeño (sólo tiene 8 años) a veces es un poco miedoso-. No me gusta como se ve ese barco.
Bueno, Fede tenía algo de razón. El barco estaba en malas condiciones; la madera de su casco lucía despintada y el nombre, "Marina", apenas se leía.
-Sólo es un barco viejo -opinó Néstor-. Voto para que lo exploremos.
Después de convencer a Fede de que nada espantoso nos pasaría, trepamos por unas cuerdas que salían de la desgastada borda y llegamos a la cubierta. El barco estaba en completo silencio. Pero había algo raro ahí. No era un silencio natural. Estaba todo demasiado quieto.
-Miren -gritó Néstor, quien se había adelantado a a examinar unos barriles-, ¡aceitunas!
-exclamó, quitando la tapa de uno de los contenedores.
-Están llenas de hongos -advertí viendo la nata blanca que estaba encima de ellas
-Esto esta muy raro -dije, arrepintiendome de haber propuesto que subieramos a esa extraña embarcación.
-Veamos debajo de cubierta -propuso Néstor, y sin esperar a que lo siguiéramos, cruzo una abertura que estaba debajo de la plataforma del timón y bajo por unas escaleras.
Fede y yo fuimos detrás de el. Llegamos a una especie de estancia pequeña, donde había una mesa servida. En total eran siete lugares y la comida todavía estaba en los platos, aunque llena de hongos también. Fue, en ese momento, cuando oímos un chillido.
Volteamos hacia el suelo y vimos una enorme rata negra que salía de un cuarto que no habíamos visto y se metió abajo de unas cajas. El roedor estaba cubierto de sangre.
Empujamos la puerta entreabierta y descubrimos algo horrible, seis cadáveres yacían en el suelo como muñecos rotos en medio de un charco de sangre. Todos tenían una expresión de horror en sus caras. Fede, Néstor y yo ¡SALIMOS CORRIENDO DE AHÍ! Subimos las escaleras atropellándonos. Cuando llegamos a la cubierta algo pesado callo desde arriba del mástil hasta nuestros pies. Era el cadáver de un hombre, con una soga al cuello y un cuchillo firmemente apretado en su mano rígida. Todos nos paralizamos por ese gran susto hasta que por fin soltó el cuchillo de su mano, tenía los ojos abiertos y una lengua morada asomaba por su boca. Cuando la policía acudió a investigar, llego con la conclusión de que el séptimo hombre había asesinado a los otros seis , y después había subido al mástil, ahorcándose a si mismo. Caso cerrado. Nos enviaron a nuestra casa y nuestros papas nos castigaron por un mes sin jugar. ¡Pero nadie quiso escuchar! Cuando preguntamos por qué la cuerda que había ahorcado al supuesto homicida estaba cortada, no desgarrada, como lo estaría si el peso del cuerpo la hubiera vencido. Ese hombre no había caído desde el mástil: alguien lo empujo y corto la soga aya arriba para que cayera sobre nosotros. El asesino del mar, que seguramente fue el que mató a los siete tripulantes, estuvo todo el tiempo con nosotros en el barco abandonado, viendo desde el mástil cómo lo explorábamos, y ahora está por ahí, suelto y libre sabiendo que solo nosotros sabemos de su existencia... FIN
Casi :S Pero el concurso acabó el viernes, podrías haber ganado supongo, prueba la próxima vez