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Mark Wensenbikle

¿Dónde podría hallarse Mark Wensenbikle?

Su nombre no figuraba en el registro de la biblioteca, y como no sabías de fichas, te quedaba una sola opción: tantear de pasillo en pasillo, de estante en estante, buscando por su nombre y apellido. Bien pudiste haber decidido no buscarlo, no leerlo, y llegar a la clase de la mañana del martes siguiente sin tener idea alguna de qué trataba la obra de Mark Wensenbikle (¿cómo es que todos los escritores importantes eran bautizados con nombres tan melódicos, tan rítmicos?), pero no fue esa tu decisión. Realmente querías leer su obra. Algo extraordinario te atraía a ella. Imaginabas el respeto que cosecharías al leer a un autor con tan imponente nombre. Ya te oías diciendo a los demás: “Sí, yo he leído a Mark Wensenbikle. Su obra, “Muerte del Hombre Estrábico”, es admirable.”. Motivado de tal manera, pasaste una semana manchando con tu mirada los miles de títulos y nombres de autores de los ejemplares de la biblioteca, esperando toparte con el suyo.

Mark Wensenbikle te sonaba Inglés, ¿no es así? También te sonaba a hombre viejo, empolvado, perteneciente al mundo de al menos dos siglos atrás. Podías fácilmente imaginarte al profesor Lamut, en la clase del martes, explicando: Mark Wensenbikle, filósofo y político realista Inglés, hízose famoso con su novela: “Muerte del Hombre Estrábico”. ¿Lo ves? Ríes por saber que es cierto. Pero detenme, todo esto no es más que pura tontería. Sigamos con la acción. Decidiste continuar la búsqueda en las estanterías de idiomas extranjeros, pero tras revisar cada uno de los ochocientos treinta y dos y medio tomos (sabemos que a un ejemplar de “Civilizaciones de Occidente” le arrancaron la mitad de las páginas, dejando al mundo en pleno auge de la ilustración) abandonaste el pasillo y resignado te encaminaste hacia la salida, pensando que la biblioteca había vencido al privarte de la obra del posible maestro Wensenbikle. Fue entonces cuando sucedió lo improbable, pues bien sabemos ya que no fue lo imposible. Al doblar la esquina del pasillo, una vislumbre dorada te detuvo. El tomo de cinco centímetros de espesor y tapa de cuero estaba asomado entre un grupo de libritos feúchos y malformados. Haz puesto tus ojos a la altura del libro, trazando una línea horizontal que nacía en la oscuridad de tus retinas y moría en un título vertical impreso en dorado sobre el lomo del libro. Decía: “Muerte del Hombre Estrábico”. Alzaste los brazos y lo tomaste. ¡Qué regocijo habrá sido sentir entre tus manos el libro sacro de Mark Wensenbikle, qué diversión! Un momento, ¡¿Mark Wensenbikle?! ¡Pero si del libro el autor es Mar Güenzenbiquel! ¡Basta que te digan un nombre melódico y rítmico para que pienses que es el de un Inglés! Buenas razones tiene ahora el profesor Lamut para copiar lo más y dictar lo menos. Pudiste haber pasado siglos buscando necio entre las olorosas estanterías, respirando polvo de libro por años y envejeciendo de desengaño. Habrías pensado que el libro no existía y las maravillas que sucedieron al gran hallazgo jamás habrían tenido lugar en este mundo.

Reposaste el libro sobre tu mano izquierda, y con la derecha, la que había sido severamente educada para tomar los objetos de importancia con tierna delicadeza, abriste la cubierta. Te conseguiste con aquella curva y refulgente página en blanco. Tus pupilas se contrajeron, tu respiración se detuvo. Retuviste el aire en tus pulmones por casi dos minutos mientras estudiabas la geografía del papel, la soledad que había en su blancura. Pasaste a la siguiente página: sólo blanco. La siguiente: únicamente blanco. La otra siguiente: blanco y nada más. Empujaste las trescientas páginas, y trescientos destellos te cegaron. Las páginas de la mitad eran incluso más blancas, ya que su estratégica ubicación las salvaba del sucio amarillento del tiempo. Aun no expelías el aire, y no te percatabas de cómo se consumía el oxígeno en tu cuerpo. Algo debía estar escrito en el libro. ¡Después de todo, era un libro de Mar Güenzenbiquel! Quizás, pensaste, el contenido del texto era tan abrumador que aún tus ojos no habían decidido cómo explicárselo al cerebro. Aun todo blanco. ¿Qué sucede?, te preguntabas. Sabías que tus ojos no eran estúpidos, ni tu cerebro incrédulo. La situación empezó a emanar hedor a trampa, a plan maligno. ¡El profesor Lamut! Él era el culpable de aquél ultraje. ¡El bibliotecario, su cómplice! Ambos jugaban con piezas humanas. Y lo peor de todo, que no habrá quien salve a los demás sedientos de conocimiento, ahora sólo mal vivientes como tú.

Verdad era que el libro que habías estado buscando por días perennes era un libro vacío. Un plan macabro del profesor, del bibliotecario. Obra de la inexistente Mar Güenzenbiquel. No más que una trampa maligna para angustiar a los buenos estudiantes.

Mark Wensenbikle, por Mael Santiago.